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Terremoto
Queremos entregarles algunas reflexiones en relación al terremoto y el tsunami que han golpeado de manera tan cruenta a una extensa zona de nuestro país y que nos han afectado a todos, de distintas maneras y en distintas intensidades.
Una catástrofe de esta magnitud tiene un altísimo impacto material, lo estamos viendo día a día por los medios de comunicación. Asistimos a más imágenes de la catástrofe que en cualquier otro momento de la historia de Chile, pero esto también tiene un altísimo impacto en la condición emocional y psicológica de los afectados.
Frente a un evento de esta intensidad y que ha afectado directamente a una extensa zona de este país, podemos esperar que prácticamente el total de la población manifieste distinto grados de conmoción emocional.
Están por cierto los afectados directos, es decir quienes vivieron el terremoto y el tsunami. Aún más quienes, además de aquello, sufrieron pérdidas materiales y aún más quienes perdieron a sus familiares, amigos, miembros de sus comunidades y su red de contacto social: aquellos a quienes se les desapareció bajo una ola su espacio cotidiano. Pero también está la afectación de quienes operan como testigos de la tragedia, aquellos a quienes les toca activarse en la restitución inicial de los servicios básicos y de la organización de la población. Pienso en el personal de salud, Carabineros, Bomberos, operarios de las empresas eléctricas y de agua potable, periodistas y reporteros encargados de mostrarnos y mostrar al mundo lo ocurrido y todos aquellos que sin sufrir pérdidas importantes. Somos testigos del sufrimiento de nuestros compatriotas.
Una catástrofe originada en un fenómeno natural resulta ser para los afectados un evento traumático, una experiencia que irrumpe sorpresivamente en su vida cotidiana, que produce pérdidas y dolor y que supera, al menos inicialmente, los recursos emocionales y sociales para abordarlo. Esto puede producir en la mayor parte de la población sensaciones de miedo, angustia, pérdida de la sensación de seguridad, dificultades para dormir y retomar los hábitos cotidianos; particularmente en los niños las expresiones giran en torno a los cambios de sus conductas cotidianas, el juego, el sueño, la alimentación, el ánimo.
En un porcentaje mayoritario de la población estas manifestaciones irán disminuyendo a lo largo de los días. Esto está relacionado también con los recursos disponibles para la estabilización de la vida cotidiana, la estabilización de los servicios básicos, la disponibilidad de recursos para el cuidado de la salud y la recuperación de pérdidas materiales.
Sin embargo, aquellas poblaciones en que el evento ha golpeado más duramente, aquellas que vivieron pérdidas humanas y materiales, la estabilización emocional puede tardar incluso hasta seis semanas. También es posible que en estas personas aparezcan cuadros sintomáticos de estrés agudo, cuadros ansiosos y/o depresivos y estrés post traumático, entre las más frecuentes.
La movilización de recursos para la estabilización de las condiciones básicas para la vida y la seguridad resulta fundamental para la facilitación de la restauración emocional. A partir de aquello la realización de iniciativas de Intervención en Crisis, facilitará el proceso de restauración en muchos de los afectados y con el paso del tiempo se podrá distinguir también que algunas personas requieren de atención especializada para elaborar la experiencia traumática e integrar la experiencia a sus historias vitales.
La cohesión social, la restauración de las redes sociales, la provisión de bienes básicos y de información adecuada y veraz son contribuciones iniciales a la recuperación de la población afectada.
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